¿Es malo que mi hijo pase mucho tiempo frente a las pantallas?
- Yoshigei Uriarte
- 16 jun
- 2 min de lectura
Los teléfonos, tabletas, videojuegos y televisores forman parte de nuestra vida cotidiana. Para muchas familias, las pantallas son una herramienta de entretenimiento, aprendizaje e incluso comunicación.
Por eso es normal que madres y padres se pregunten:
¿Es malo que mi hijo pase mucho tiempo frente a una pantalla?
La respuesta no es tan sencilla como un sí o un no.
Hace varios siglos, el médico y alquimista Paracelso afirmaba una idea que sigue teniendo vigencia hasta nuestros días:
"La dosis hace el veneno."
Con esta frase quería decir que muchas sustancias no son buenas ni malas por sí mismas; lo que determina sus efectos es la cantidad y la forma en que se utilizan. Algo parecido ocurre con las pantallas.
Las pantallas no son enemigas de la infancia. Pueden ofrecer información, entretenimiento, creatividad e incluso oportunidades de aprendizaje. El problema aparece cuando ocupan un espacio tan grande que desplazan otras actividades fundamentales para el desarrollo.
¿Qué pueden perder los niños cuando las pantallas ocupan demasiado espacio?
La infancia necesita mucho más que estímulos digitales.
Los niños necesitan:
Jugar.
Moverse.
Explorar.
Aburrirse de vez en cuando.
Convivir con otras personas.
Resolver conflictos.
Imaginar.
Descubrir el mundo a través de sus sentidos.
Cuando las pantallas sustituyen de manera constante estas experiencias, pueden aparecer dificultades relacionadas con la atención, el sueño, la regulación emocional, la actividad física o las relaciones sociales.
Entonces, ¿cuántas horas son demasiadas?
No existe una cifra mágica que funcione para todas las familias.
Además del tiempo, es importante preguntarnos:
¿Qué contenido está viendo?
¿Lo hace solo o acompañado?
¿Las pantallas interfieren con el sueño?
¿Han sustituido el juego, la convivencia o la actividad física?
¿Puede dejar el dispositivo sin generar un conflicto importante?
Estas preguntas suelen ofrecer más información que simplemente contar horas.
El papel de los adultos
Las niñas y los niños aprenden observando. Por eso, una de las herramientas más importantes no es únicamente establecer límites, sino también revisar nuestra propia relación con las pantallas.
Cuando los adultos reservan momentos para conversar, jugar, leer o compartir actividades sin dispositivos, están enseñando con el ejemplo que existen muchas formas de disfrutar el tiempo y relacionarse con los demás.
Buscar equilibrio, no prohibición
En ocasiones, la preocupación lleva a pensar que la solución consiste en eliminar completamente las pantallas.
Sin embargo, el objetivo no suele ser la prohibición absoluta.
La meta es encontrar un equilibrio saludable donde la tecnología tenga un lugar adecuado, sin desplazar aquellas experiencias que favorecen el desarrollo emocional, social y cognitivo de niñas, niños y adolescentes.
Volviendo a Paracelso, quizá podríamos decir que las pantallas no son el problema en sí mismas. Como ocurre con muchas cosas en la vida, lo importante es la dosis.
En Infancia al Centro creemos que el desafío no es crecer sin tecnología, sino aprender a utilizarla de manera consciente, equilibrada y compatible con las necesidades del desarrollo infantil.

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